Fallece en esta ciudad la cronista Teresa González Guerra

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El pasado 28 de octubre, falleció la más rica cultivadora de la crónica contemporánea, Teresa González Guerra. De profesión historiadora, Teresa se entregó con dedicación y esmero al difícil arte de escribir cuanto sucedía de relevante en la ciudad, con el único fin de salvar la memoria histórica de Santiago para las futuras generaciones.

Al decir una de sus discípulas en el azaroso quehacer de la crónica, Julieta Aguilera expresa: “Nada escapó de la infatigable pupila de Teresa, al mostrarnos a Santiago en su justa dimensión, reflejando esos pequeños detalles que por ser tan cotidianos y familiares, pasan inadvertidos ante nuestros ojos y no suelen ser reseñados por los medios de difusión masiva.”
Con su andar pausado, su figura esbelta, cada mañana desde el año 1997 ocupaba un espacio en la hemeroteca de la Biblioteca Provincial “Elvira Cape” y allí entre noticias y reflexiones, iba tejiendo la crónica del día. Cuando le preguntabas quien le había enseñado el arte de cronizar, ella con mucha modestia y sencillez decía, “el compromiso que tuve con Olguita y Omar cuando se creó la Oficina del Conservador de la Ciudad”. Para fortuna nuestra, dejó sus ideas y algunas de sus crónicas publicadas en un pequeño libro en dos tomos “Memorias”:

“deseo confesar que como neófita en este campo, inicié la labor de cronista, más por el cumplimiento de una tarea, que por comprender a cabalidad la validez que posee el género en tanto tributo a la historia. Embriagada por la sencillez y brillante precisión de la narrativa de Emilio Bacardí y Carlos Forment, creadores de una forma de cronizar por orden del tiempo santiaguera, sin antecedentes conocidos en el país; afronté el miedo (del que no me he despojado totalmente), de convertirme en seguidora de tan ilustres escritores.

Es mi modesta apreciación, que a partir de 1997, la Oficina del Historiador de la Ciudad ha logrado la divulgación sobre la importancia de historiadores locales como Bacardí, Raúl Ibarra Albuerne, Ernesto Buch López y Juan María Ravelo, entre otros prácticamente desconocidos que han aportado notablemente a conformar la futura historia integral de Santiago de Cuba al revelarnos detalles apreciables y preciosistas de sus costumbres y tradiciones, y también hechos inéditos.

De la candidez de los monjes medievales, de las narraciones fabulosas de los cronistas de Indias, y santiagueros; del culto a la autenticidad de nuestros maestros ya mencionadas, tomamos un poquito en este oficio de aprendiz de cronista, esfuerzo por trasmitir a la posteridad el palpitar y los sentimientos del Santiago de Cuba de finales del XX. Como expresó sabiamente Forment, para dotar a la gente de “una porción de nombre, sucesos, de recuentos para calentarlos en el tibio calor familiar… y devolverlos a la actualidad, parecidos”.

Nació en el poblado El Caney en Santiago de Cuba, el 8 de julio de 1943. Creció en un seno familiar amante de las buenas costumbres y de la historia patria. En 1968 ingresó a las filas del Ministerio del Interior, donde ocupó los cargos de agente y analista operativa de la Contrainteligencia, de esta manera se convirtió en primera mujer que ejerció estas funciones en la antigua provincia de Oriente. Fue además la primera instructora que atendió las esferas de Cultura e Historia en dicha institución y se desempeñó como docente en el Instituto Superior “Hermanos Marañón” donde contribuyó a la formación de valores éticos en sus alumnos.

Tere como cariñosamente le decíamos no guardó para sí las herramientas que le permitieron de manera autodidacta convertirse en la cronista que fue, con la modestia y humildad que la caracterizaba formó a tres jóvenes historiadoras que hoy dan continuidad a esta obra, Martha Hurtado Cardoso (su homóloga en la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey), a Julieta Aguilera Hernández y Elizabet Recio Lobaina –quienes le sucedieron en la práctica de este inusual ejercicio historiográfico en nuestra ciudad.

Hoy le decimos adiós, nos queda el recuerdo y la dicha de haber compartido las anécdotas de su poblado natal, sus venturas y desventuras en un viaje en camioneta desde El Caney, su pasión e incondicionalidad al equipo de pelota santiaguero, su jovialidad y su ímpetu en cada acción, su testarudez cuando se trataba de beneficiarla en algo, razón que estuvo siempre motivado por su modestia y sencillez. Teresa sin proponérselo, dejó una huella marcada en Santiago de Cuba, la ciudad por la que vivió incesantemente cada uno de sus días.

Por: MSc. Elizabet Recio Lobaina
Oficina del Historiador de la Ciudad