NUESTRO SANTIAGO DE ANTAÑO: Los Velorios en el Santiago Colonial.

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Publicado: 27 de marzo de 2017 | Por: Mayla Acedo Bravo | Fotos: Internet

En los tiempos del Santiago colonial, el fin de la vida de una persona se convertía en un acto social más: el velorio. Momento para compartir con la familia, comer, beber y fumar, a la vez que se recordaba al difunto en sus mejores o peores escenas. Aunque en nuestra cultura no hay tradición de usar plañideras pagadas, siempre había algún familiar, vecino o conocido que se prestaba, gratuitamente, para dar alaridos por el fallecido. Pero veamos que escribió sobre este tema, el pintor cronista inglés del siglo XIX Walter Goodman:

Ya la sala se halla henchida de parientes del difunto, sentados en sillas y sillines arri­mados a la pared. Tan pronto como entro, todos, siguien­do la costumbre del país, se ponen en pie, y los principales dolientes me rodean. Unos me enganchan por el cuello y la cintura, otros me engrampan por las piernas, y entre brazo y abrazo, o señalándome el camino, me llevan a la cámara contigua, donde me piden que restablezca a la vida al muerto -por supuesto, en el lienzo-. Como son tantos los que se me atraviesan, no es fácil llegar al aposento donde en un féretro expuesto ceremo­niosamente, rodeado de candelabros y grandes velones de cera, descansa en paz don Pancho Agüero y Matos. […]

Obser­vo que al difunto lo han vestido de negro, con ropas que habrán traído los que se dedican al negocio de enterra­miento, porque le vienen anchas a su desgastada anato­mía, y le dan la apariencia de un desajustado ministro disidente. Observo que los deudos y amigos del fallecido soportan la pérdida con coraje, ahogando la tristeza en la copa que alegra y en la animada charla. Entonces recuerdo la teoría tan socorrida de que el tabaco es un buen desinfectante, porque la mayor parte de la concurren­cia lo saborea, incluso las ancianas. De vez en cuando aparece una bandeja con dulces, bizcochos, café, choco­late y buen tabaco.

Noto también que estos banquetillos sólo se interrumpen al presentarse otro visitante. Los dolientes, entonces, cambian de tono, y expresan sonora­mente sus tristezas. Las señoras gimen, estallan en un grito, chillan o varían el procedimiento desmayándose o cayendo, en francos arrebatos de histeria. A cada uno que llega le reciben en igual forma que a mí: lo llevan a ver al difunto en el féretro, donde algún doliente da rienda suelta a su tristeza, agarrando al recién llegado por sus ropas clericales, o abrazándose a sus botines prestados.

[…]Al salir el ataúd, los plañidos y lamentos se repiten; las mujeres se desmayan, caen al suelo, se desgarran la cabellera y gimen lastimeramente a todo pecho. Doña Dolores está que no la consuela nadie, y no cesa de arengar al muerto hasta que ya no puede articular palabra. Se la llevan, perdido el color y desmayada, hasta su aposento.