NUESTRO SANTIAGO DE ANTAÑO: De abanicos y amantes en el Santiago Colonial

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Publicado: 30 de enero de 2017 | Por: Mayla Acedo Bravo | Fotos: Archivo OCC

Los santiagueros nos hemos caracterizado siempre por nuestra vivaz forma de comunicarnos, verbal y gestualmente. Sin embargo, en nuestro Santiago de antaño, existía otro lenguaje muy utilizado entre las damas y sus jóvenes pretendientes para conseguir escapar de la férrea vigilancia familiar ante las normas morales impuestas: el lenguaje del abanico.

Irónicamente, un escenario propicio para estas conversaciones “íntimas” era la Iglesia, pues durante la celebración de la santa misa, en la que todo el pueblo participaba, los jóvenes aprovechaban para intercambiar sus mensajes. Una crónica que muestra en toda su dimensión este lenguaje usado por los amantes, es la del creole Hippolyte Piron, que en su texto Isla de Cuba narra la “conversación” entre dos jóvenes durante una misa en la Catedral:

El lenguaje del abanico es una de las cosas más curiosas de este país. En las manos de una mujer coqueta, este pequeño y elegante instrumento sirve menos para echarse aire que para expresar sus sentimientos. Existe todo un lenguaje más variado que el de las flores, más elocuente que el de las miradas. Las múltiples maneras de abrirlo y cerrarlo con más o menos rapidez y ruido tienen miles de significados. […]

-Observe -me dijo, en este momento ella mantiene el abanico todo abierto y frente a ella, lo cual significa: “Estoy encantada de verlo”. El abanico a medio abrir hubiese manifestado un placer menos intenso. Ya no lo mantiene en la misma forma, sino de perfil. Ella le pregunta: “¿Ha estado enfermo?”.

- ¡Ah!, ahora lo tiene cerrado y en sentido perpendicular.

-Eso quiere decir: “¿Podré verlo hoy?”. Ahora lo mantiene en sentido horizontal; ella añade: “Es preciso que venga”. Lo abre con lentitud, varilla por varilla, y dice de esta forma al joven: “Se me harán largas las horas mientras lo espero”. Se detiene al llegar a la octava varilla: lo esperaré hasta las ocho”.

-Ahora el abanico se le escapa de las manos.

-Lo ha dejado caer a propósito sobre las rodillas y ha colocado la mano debajo de él. Eso quiere decir: “No me deje esperándolo; cuento con su palabra”. Entonces lo toma de nuevo y lo agita con vivacidad; le hace entender lo siguiente: “Tengo muchas cosas que decirle”.

-Es algo en verdad ingenioso.

La conversación se detiene allí. Pronto el joven –que sin duda obtuvo lo que deseaba- hizo de nuevo un gesto con la cabeza y se retiró. Pocos instantes después fue reemplazado por otro. Tan pronto como la joven lo percibió, cambió su fisonomía con brusquedad, frunció el ceño, cerró el abanico y con una crispación nerviosa, dio con él varios golpes en el pulgar. De nuevo incurrí a mi intérprete.

-Ese movimiento –me respondió, “significa: “¡Mi corazón estará siempre cerrado para usted como lo está mi abanico, y usted me disgusta!”.

Decir tantas cosas con un solo gesto resulta muy elocuente.